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Archive for 11 diciembre 2010

El último de los Ocho Sufrimientos es el sufrimiento que viene de lo que se designa como los cinco agregados.

Los cinco agregados son: forma, percepción, concepción, voluntad y conciencia. El primero, la forma, significa el cuerpo humano. Los últimos cuatro son los elementos analíticos de las funciones de la mente humana.

En otras palabras, el ser humano es un compuesto de cinco elementos que se reúnen temporalmente. Más simplemente, un ser humano está compuesto de mente y cuerpo. De los dos mencionados, la mente es el elemento más complejo y puede desglosarse en cuatro agregados.

La mente entonces se combina con la forma para llegar a ser un ser humano. Sufrimos porque cada uno de estos cinco elementos persigue sus objetivos y se consume a sí mismo vigorosamente. Para expresarlo con sencillez, la existencia humana por sí misma produce sufrimiento.

Si los humanos no tuvieran un cuerpo físico, no habría enfermedad, vejez o muerte. Además, si no existiera la función mental, desaparecería el sufrimiento causado por los distintos fenómenos de este mundo.

Sin embargo, ya que ambos existen en la realidad, sufrimos.

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Cuando nos sentimos sacudidos por un deseo ardiente, pensamos que, si nuestros anhelos vehementes llegan a cumplirse, seremos felices. En la realidad, cuando se cumplen, un nuevo deseo toma su lugar.

Por ejemplo, cuando somos jóvenes, quizás pensemos, “Me contento con que llegue a vivir unos sesenta años”. Sin embargo, cuando llegamos a los sesenta años, decimos, .Bueno, ya que he recorrido el camino hasta aquí, me gustaría llegar por lo menos a los setenta u ochenta años de edad.. En cuanto a las metas de nuestro trabajo, al principio quizá pensemos “Sería maravilloso llegar a ser jefe de la sección”. Al haber llegado a ocupar este cargo, probablemente digamos, “Ya que he llegado hasta aquí, quisiera llegar a ser por lo menos jefe de departamento”.

Por eso, Shakyamuni listó “el sufrimiento por no alcanzar lo que se busca” como el séptimo de los Ocho Sufrimientos. La enseñanza que difundió es que el deseo humano no tiene límites.

Si no comprendemos esto, no importa qué tan lejos lleguemos, los seres humanos desearemos siempre más y más. Verdaderamente hasta el momento de la muerte, no podemos quedar satisfechos. Pienso, por lo tanto, que es necesario pensar sobre esto con mucho cuidado.

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El sexto de los Ocho Sufrimientos es “sufrir por encontrarse con alguien a quien uno odia”.

Supongo que no hay nadie que, desde que nació hasta el presente, no haya tenido a alguien a quien odiara o con quien estuviera resentido. Si por lo menos hubo un maestro al que no quisimos entre quienes nos instruyeron en la escuela, seguramente esto fue casi insoportable. Generalmente hay una o dos personas entre nuestros conocidos, entre nuestros mayores o entre nuestros vecinos y parientes a quienes no soportamos. Quizás hay personas que despierten nuestro odio o resentimiento entre nuestros superiores, colegas y subordinados. En casos extremos, incluso puede haber miembros de la familia íntima a los que no toleremos.

Por todo esto, no podemos vivir sin tener contacto con personas a quienes guardemos algún resentimiento o a quienes odiemos. Habrá por lo menos algunas ocasiones en que tengamos que reunirnos con ellas y nos veamos obligados a hablar con ellas. Si sentimos resentimiento y odio, la otra parte naturalmente llegará a albergar sentimientos semejantes y sufriremos aún más

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Si alguno de ustedes preguntara qué es lo más triste para los seres humanos, encontraría que es la separación de aquellas personas a las que amamos. Si se trata sólo de una separación temporal, sabemos que volveremos a encontrarnos. Aun si no podemos tener la seguridad de un encuentro, mientras la otra persona esté viva, podemos esperar que algún día nos volvamos a ver.

Sin embargo, si la separación de la persona es para siempre, por la muerte de la persona, el sufrimiento se vuelve insoportable. Por esta razón, Shakyamuni listó “El sufrimiento por la separación del ser amado. como el quinto de los Ocho Sufrimientos”.

Por otra parte, todo mundo desea una vida más larga, aunque sea sólo por un día más; pero mientras más viva, es más probable que sus seres amados mueran uno por uno. Así terminará sufriendo más.

Si el proceso de separación es ordenado, de modo que las personas mayores sean las primeras en morir, de alguna manera lo soportamos; pero, si sucede en el orden inverso, de modo que nos separemos primero de los más jóvenes, el sufrimiento es indescriptible.

Por todo esto, la realidad de la vida humana es que no se puede seguir pensando que, si uno muere tempranamente, no habrá necesidad de sufrir.

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Si yo dijera, “La tasa de mortalidad humana es del cien por ciento, probablemente todos pensarían primero sobre esto y luego aceptarían que es verdad.

Todo mundo sabe bastante bien que algún día tiene que morir; sin embargo, considera que no será hoy o mañana y, por lo tanto, no se preocupa.

“Había oído antes que iba por un sendero que algún día llegaría a su fin. Nunca pensé que sería hoy, pero lo fue.””(el poeta Ariwara no Narihira)

“Hasta ahora, siempre pensé que era un asunto para los demás, pero, ¡Ay! ¡Me muero! ¡Es insoportable!””(el poeta Ōta Shokusanjin)

Sin hacer caso de cuánta gente muere en nuestro alrededor, si no se trata de nuestros parientes inmediatos, no nos afecta. Sin embargo, si alguien cercano a nosotros o si algún miembro de nuestra familia muere, el pánico se apodera de nosotros y nos lamentamos.

Cuando nosotros mismos nos acercamos a la muerte, podemos imaginarnos qué tan terrible es. Por mucho que la odiemos o la temamos, no hay
modo de evitar la muerte. Sin fallar jamás a la cita, nos llega a hurtadillas. Por eso debemos encararla de frente y debemos desde hoy esperar ese día con aprecio.

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